martes, 13 de junio de 2017

USS Spirit 5

Naboo

            Cuando de Lattre llegó al espacio puerto de Theed aun hacía frío y el sol salía tímidamente por el horizonte mientras las brumas matinales subían desde los lagos. La nave que le esperaba era la Fugi, que solía usar Shimura para desplazarse. Un antiguo crucero corelliano con tres motores a popa y una cápsula en proa de la clase Consular. Oficialmente formaba parte de la flota comercial de la compañía, en concreto a las destinadas al departamento de minería, pero viendo ahora las antenas que coronaban el casco, el capitán supo realmente la función que tenía. Su esposa, Crespo y el doctor Bishop habían insistido en acompañarle hasta allí. Sabía que Isham hubiera querido acompañarle, pero debía cuidar de sus otros dos hijos. Mientras que Crespo además de ser su primer oficial, se había convertido con los años en su amigo y confidente. En la rampa le esperaba Shimura y Chuket, el wookiee que habían salvado hacía años. Ahora ya no tenían que disimular. Que ciego había estado todo aquel tiempo, trabajando a sus espaldas, engañándole, pensó de Lattre.
            Antes de partir se despidió de su esposa con un fuerte abrazo. Luego se dirigió a su primer oficial.
            – Inicie los preparativos para la evacuación por si la situación empeora – le ordenó –. Solo la tripulación y su familia. Elija usted el lugar donde podamos desaparecer y prepare la destrucción de todo lo que pueda ser comprometido y no podamos llevarnos.
            – Sí capitán – respondió Crespo.
            – Alguien tiene que acompañarte – le dijo Bishop.
            De Lattre se limitó a asentir, sabía que no iba a impedir que su jefe médico viniera en aquel viaje y tal vez le necesitara. Luego subió por la rampa, saludando fríamente a su jefe de seguridad. Poco después la Fugi despegó de Naboo y saltó al hiperespacio rumbo al sistema Tierfon.


            La noche antes, tras salir de la reunión Ken Shimura, se dirigió hacia su casa de Theed. Estaba a las afueras de la ciudad, en una pequeña urbanización construida para los tripulantes del Spirit. Como muchos otros tripulantes la añoranza de su hogar y sobre todo su familia, le había llevado a cometer tal vez la única excentricidad en su vida, ya que se había hecho construir un pequeño edificio de madera y tejas rojas al estilo tradicional japonés. Tenía una planta cuadrada, un área de trabajo, un salón para recibir visitas, un dormitorio, baño y cocina, todo decorado con suma sencillez y separado por puertas correderas. Siendo el jardín, que tenía un pequeño estanque, lo que más apreciaba de todo el conjunto y que permitía esconder la casa de miradas indiscretas. Al llegar activó su comunicador subespacial, imposible de rastrear por la tecnología de aquella galaxia y segundos después apareció el rostro peludo de un wookiee de ojos verdes acompañado de un gruñido, no le hacía falta su traductor universal para entender el saludo de su gigante amigo. Tenían que moverse rápido, le dio instrucciones a Chuket para que enviara un mensaje hiperespacial a su contacto con la Alianza Rebelde. Era la primera vez que les pedía algo, esperaba que estos no se demoraran. Después de cortar la comunicación organizó el grupo que debía acompañarles y llamó al espacio puerto para que prepararan su nave para partir a la mañana siguiente.
            No pudo dormir aquella noche mientras preparaba el informe sobre la información y la ayuda que había prestado aquellos años en la lucha contra el Emperador Palpatine. No le fue difícil ya que había guardado entre sus archivos personales todos los informes, datos y acciones que había impulsado. Sabía que algún día llegaría aquel momento, no era tan iluso como para creer que su falta pasaría desapercibida.
            Cuando aún era noche cerrada llegó espacio puerto. Para su sorpresa Chuket acababa de llegar desde la luna Ohma-D’un en una lanzadera. Al preguntarle que hacía allí, el wookiee respondió que su lazo de amistad no solo era con el teniente Shimura, sino con todos los tripulantes del Spirit que les habían salvado de morir a manos de los trandoshanos y su deber era estar junto al capitán en aquellos momentos.
            – Este gesto te honra a ti y a tu pueblo – replicó Shimura ceremonioso.
            Poco después llegó de Lattre con un semblante serio. Le acompañaba su esposa, el comandante Crespo y el médico de a bordo. Hacía muchos años que Shimura conocía a su capitán y siempre le había respetado, era un buen oficial, un gran líder. Era un hombre honorable, recto y de sólidas convicciones, sobre el que había caído una gran responsabilidad: proteger a su tripulación en un lugar desconocido y muy hostil. Al verle despedirse de su mujer se sintió afligido, había traicionado a un amigo, a su superior, rompiendo todo por lo que este había luchado. Eso le dolía más que haber quebrantado el juramento de proteger la Primera Directriz que había pronunciado en San Francisco el día en que se graduó como alférez de la Flota Estelar. Siempre había tenido la esperanza de no tener que decírselo o que este lo averiguaría de otro modo. Sabía que lo que hacía era justo, pero eso no reducía su vergüenza. No de aquella manera tan brusca y envuelto en la captura de su hijo.
            – ¿Ha tenido respuesta de su contacto de la rebe... de la Alianza? – preguntó de Lattre mientras la rampa se cerraba detrás de ellos.
            – Acabamos de recibir la respuesta con el lugar de la cita, señor.
            El capitán y Bishop se acomodaron en el comedor mientras la nave se elevaba y partía de Naboo.
            – Desobedeció la orden más sagrada de la Flota Estelar – le dijo cuándo su oficial de seguridad le entró los padds con la información que había proporcionado aquellos años a la Alianza. Shimura nunca le había visto de aquella manera, no le había dirigido más que una furtiva mirada al embarcar, por lo que sabía que estaba dolido en lo personal, que enfadado en lo profesional.
            – La decisión fue tomada como medida de seguridad, señor. Estamos en medio de una guerra. Creí oportuno acercarnos a uno de los dos bandos. Ya que al otro también lo habíamos hecho.
            – ¿Cree que me gustaba comer con el moff? ¿Escuchar su discurso xenófobo contra los gungans o cualquier raza alienígena?  ¿O sus tediosas historias cuando era el mejor tirador con pistola blaster del planeta?
            – No señor.
            – Mon Dieu! ¡Pues claro que no! Estamos lejos de casa y nunca regresaremos. Por eso es importante que mantengamos un mínimo de nuestra naturaleza. Y esa es la Primera Directriz. Y no es precisamente esa por azar, sino porque nuestra tecnología alteraría de forma radical la estructura económica de esta galaxia. Y sabe perfectamente que no tenía alternativa ante Panaka.
            – Señor... – empezó a decir Shimura visiblemente afectado –. Debido a la gravedad de mis actos, pongo a su disposición mi cargo, como oficial de seguridad del Spirit.
            De Lattre se le quedó mirando a los ojos por primera vez desde que se había enterado de lo que había hecho. Al igual que todos, Shimura había envejecido desde la primera vez que le viera, como un prometedor alférez de seguridad. En su profunda mirada había devoción y un profundo respeto hacia lo que una vez habían significado un uniforme y una insignia en el pecho. Hacía diecisiete años que conocía a aquel hombre sereno y serio, al que siempre había calificado como a uno de los seres más honorables que había conocido y que seguramente conocería. Aunque jamás entendería porque en pleno siglo XXIV aquel oficial se regía por los códigos éticos del viejo Japón.
            – Cuando la nave esté llegando a nuestro objetivo avíseme. Ahora, retírese teniente.
            Shimura se cuadró y marcialmente se giró, saliendo de la sala. De Lattre cogió el padd y empezó a leerlo. El informe era extenso y muy detallado, como no podía ser de otra manera. Empezaba con la descripción de cómo se habían puesto en contacto con la Alianza a través de uno de sus adquisidores, un antiguo miembro de la Orden Jedi, con el que habían contactado a través de un wookiee que Chuket conocía y que era de total confianza. El adquisidor proporcionó la manera de enviar información directamente al jefe de la Inteligencia rebelde como una fuente fiable y prometió mantener su origen en secreto. Algo que hasta aquel momento había mantenido. Luego detallaba las modificaciones que había realizado en varias naves matriculadas en la corporación que había utilizado como tapadera para sus operaciones y los procedimientos para mantener su anonimato. Seguidamente estaban el detalle de los informes que había entregado, era muy larga y De Lattre no podía ocultar su disgusto. La mayoría no eran muy relevantes, se centraban en sectores alejados de Naboo, sobre todo de la Región de Expansión, el Borde Interior, y el Medio, así como los Territorios del Borde Exterior, donde las fuerzas imperiales estaban más dispersas. Pero a medida que se acercaban a esa fecha los datos enviados eran cada más concretos e importantes y no solo se centraban en emplazamiento, movimientos de tropas o suministros, sino datos técnicos de la Armada y scandocs políticos del COMNORT tras romper algunos de sus códigos de comunicaciones de alto nivel. Solo con aquellas comunicaciones Ronin, como Shimura había pedido que le llamaran, era una de las fuentes más fiables de la Alianza.
            Pero Shimura o Ronin se había ido involucrado casa vez más en las operaciones rebeldes. Había estado con aquella misma nave, usando el sistema de ocultación klingon instalado por Hisrak, en Yavin 4 justo después de la destrucción de la Estrella de la Muerte. Gracias a su invisibilidad había logrado indicar la posición de las naves imperiales que habían bloqueado el sistema, permitiendo así que los rebeldes pudieran escapar. Salvando así a los líderes, técnicos, soldados y gran cantidad de equipo para continuar con la lucha.
            Antes de aquello y sin desvelar su identidad como Ronin, Shimura, Hisrak y otros miembros de la tripulación se habían puesto en contacto con la célula de la rebelión en Naboo. No solo proporcionaban ayuda y organización, su colaboración había ido en aumento y habían proporcionado, a través del adquisidor con quien habían contactado tiempo atrás, una importante ayuda logística a las fuerza de la Alianza. No solo habían entregado toneladas de gas tibanna refinado como combustible y munición para el armamento de la flota rebelde, sino habían usado los replicadores para manufacturar y ensamblar cientos de torpedos de protones para sus cazas de combate. Además habían puesto a su disposición las instalaciones de los pequeños astilleros de Elgarik, adquiridos con la intención de aumentar la producción de los Hangares de Theed, para reparar y acondicionar algunas de sus naves de combate.
             Lo peor era que todo aquello hubiera sido imposible sin la colaboración de un buen número de miembros de la tripulación, de gungans y naboosianos que trabajaban para ellos. Todo ello a sus espaldas, ocultado sus acciones, engañándole y mintiéndole durante años. Aquello era lo más doloroso, la falsedad en que le habían hecho vivir sus compañeros y amigos. Personas que habían sido criados en los mismos principios de lealtad y compañerismo, que habían ido a la Academia de la Flota, compartido las mismas experiencias, jurado proteger los mismos principios, vivido las mismas situaciones de peligro, iniciado juntos una nueva vida en aquella galaxia tan lejana de sus hogares. ¿Cómo podría volver a confiar en ellos si le habían traicionado de aquella manera tan vil y vergonzosa? ¿Volvería a ser capaz de impartir órdenes sabiendo que ya las habían infringido de manera tan flagrante, continuada y consciente? Habían roto su confianza, quebrantado su uniforme. Su tripulación estaba rota y nada podía volverla a unir.


Flota rebelde

            El general Cracken había llegado al Hogar Uno, la nave insignia del almirante Ackbar, seguramente con el informe más importante de toda su carrera: Palpatine estaba supervisando la última fase de construcción de su monstruoso ingenio: la segunda Estrella de la Muerte. Airen Cracken se caracterizaba por ser un hombre escéptico, pero Mon Mothma tenía razón: aquel había sido un gran error del Emperador, si el plan de Ackbar y Madine tenía éxito acabarían por una vez y para siempre con el Imperio en la batalla de Endor. O convertirse en la tumba definitiva a la Alianza.
            Poco después recibió una curiosa comunicación de una de sus mejores fuentes.
            Todo había empezado varios años antes de la batalla de Yavin cuando Keegan, uno de los adquisidores de mayor confianza de Bail Organa y capaz de conseguir prácticamente cualquier cosa, por difícil que fuera, le había puesto en contacto con un posible agente externo. Estos normalmente no gozaban de la confianza necesaria de la Inteligencia de la Alianza, ya que eran muy poco fiables y normalmente se trataban de engaños imperiales del OSI o el Ubictorado. Pero con el tiempo había aprendido a confiar en Keegan, uno de aquellos hombres extraordinarios sin los cuales la rebelión no hubiera sido capaz de fraguarse. Este había dado la palabra de no revelar su identidad a Ronin, como se quería llamar aquella fuente, quien se definía como un creyente en la libertad que no podía permanecer cruzado de brazos ante la tiranía del Imperio Galáctico. Al principio sus informes eran descodificaciones de comunicaciones de medio y alto rango de los territorios exteriores, scandocs de movimientos de tropas y suministros: todos ellos habían sido fiables. Incluso algunos habían hecho posible la captura de convoyes enteros de suministros o advertir alguna emboscada enemiga. Pero poco a poco el nivel de importancia de sus informes fue aumentando al facilitar planes estratégicos del Borde Interior y las Colonias, incluso había enviado las actas de varias sesiones secretas del Senado. Aunque fue justo después de la destrucción de la primera Estrella de la Muerte cuando Ronin les habían proporcionado la ayuda directa más importante. Con las rutas de huida del planeta bloqueadas por la imponente escuadra enemiga, parecía que la primera gran victoria de la Alianza iba a convertirse también en su última batalla. Pero gracias a los datos concretos facilitados de su despliegue había hecho posible que la mayor parte de los miembros de la Alianza escaparan ilesos. ¿Cómo lo había hecho? Era una incógnita que siempre le había fascinado.
Una información tan precisa solo podía proporcionarla alguien a bordo de las naves que se cernían sobre ellos, así que sus sospechas de que detrás de Ronin estaba el Sol Negro, la Banda Mortal Guaviana o de algún otro sindicato del crimen, se desplomaron como un castillo de cartas de sabacc. ¿Tal vez algún oficial de alto rango? ¿Pero quién? Desde entonces habían intentado quedar personalmente con él y así descubrir su identidad, pero sin resultados. Había intentado convencer a Keegan, el único que conocía quien era, pero este alegaba que le había prometido no divulgar su identidad. Y conociendo a aquel adquisidor, antiguo jedi, sabía que no iba a conseguir nada más.
            Pero ahora, después de años de incógnitas alrededor de Ronin, este solicitaba información: la posible localización de un piloto rebelde capturado en el sector Neshig. (1) Consultó los últimos informes y enseguida localizó el reporte del comandante Bul Edgar sobre la emboscada sufrida, los datos del piloto y donde podía estar retenido. No se lo pensó dos veces y le indicó que debían verse en un lugar seguro: la base de Tierfon. Para su satisfacción, su misterioso agente aceptó. Cracken se disculpó ante Mon Mothma y partió a bordo de una nave de enlace: un veterano Ala-Y de dos plazas.


Puesto avanzado de Tierfon

            La cúpula de la cabina se abrió cuando el caza correo se posó sobre la caverna de la base Tierfon, habían transcurrido apenas dos días desde la emboscada.
            – Soy el mayor Speria, comandante de esta base – saludó un joven oficial que tenía una gran cicatriz en la mejilla derecha. A su lado estaba el comandante Edgar.
            – Quiero hablar con ustedes, en privado – se limitó a decir Cracken tras descender del caza que le había llevado hasta allí.
            – Por aquí general – indicó Speria que le condujo por el hangar hacia el centro de mando, cruzando la línea de Ala-X que los técnicos estaban acabando de poner a punto. Todos: pilotos, técnicos y soldados les observaban con curiosidad, la noticia de la llegada del jefe de la Inteligencia no había podido ocultar en un lugar tan pequeño como aquel, que tenía una dotación de 160 personas. Pasaron junto al centro de mando, que tenía consolas de trabajo, un proyector holográfico y pantallas de cristal tácticas como en otras muchas otras bases. Allí también todos detuvieron su actividad para ver pasar a los tres oficiales que se encerraron en la sala de computadoras.
            » Siento no poder ofrecerle otro sitio general, pero esta es una base pequeña y este es el lugar más privado.
            – No se preocupe mayor. He estado en lugares que no tienen ni este lujo. Bien, quiero que me hablen de uno de sus pilotos: el teniente Kanuu Delatre.
            Speria y Edgar se miraron sorprendidos: ¿qué querría Cracken de uno de sus hombres?
            – Es… era un buen piloto – respondió Edgar –. Sensato, valiente e inteligente. El destructor que nos emboscó surgió del hiperespacio justo detrás de él, no pudo hacer nada para...
            – Sí, he leído su informe. ¿Pero qué saben de él?
            – Se alistó como piloto hace casi dos años procede de Naboo. Formaba parte de un grupo de jóvenes que desertaron de las fuerzas reales del planeta – empezó a explicar el líder del escuadrón de caza, cada vez más inquieto –. Todos ellos pasaron las comprobaciones de seguridad. Sabe trabajar en equipo y es un buen líder. No sé qué más decirle.
            – Dice que procede de Naboo... y se alistó en grupo ¿tiene amigos?
            – Siempre ha tenido una mayor relación con otros dos que vinieron con él: el teniente Satek y el ingeniero Ardern – contestó Edgar –. Jamás había conocido dos alienígenas de sus especies. No quiero parecer paranoico, pero ahora que lo menciona siempre me han parecido extraños. Pero no dudo ni lo más mínimo de su lealtad, me han salvado la vida más de una vez, señor.
            – Quiero hablar con ellos – indicó Cracken.
            Minutos después estaban reunidos en la sala común. Los dos alienígenas estaban sentados en una mesa: Ardern de piel azul parecía nervioso. Satek de orejas puntiagudas estaba sereno, impertérrito, frío como el hielo de Hoth, pensó Cracken. Al observarlos entendió lo que quería decir con “extraños”. En todas las puertas Speria había colocado soldados armados, eso no le gustó al jefe de la inteligencia, pero su presencia y sus preguntas, junto a la emboscada, habrían hecho saltar las alarmas en la pequeña base. La teniente Shane, responsable de la seguridad, se le acercó y le entró varios objetos.
            – Estaban escondidos entre sus pertenencias personales.
            Uno era una pequeña computadora que le cabía en una mano. Al abrirla la pantalla se encendió, parecía un escáner muy sofisticado, todas las inscripciones estaban en un alfabeto que jamás había visto. El otro aparato era más grande, con dos bobinas redondas en los extremos y una parte central que las unía.
            Cracken siempre había sido un gran observador y eso le había hecho ser un experto en el comportamiento de enemigos y aliados. En aquella sala se respiraba tensión, no tanto por parte de Ardern que estaba nervioso o sobre todo Satek, sino por el resto de oficiales y soldados rebeldes que en aquel momento les creían unos traidores. Con calma se acercó a la mesa donde estaban sentados los dos jóvenes y colocó los dos aparatos sobre esta.
            – Siento haber tenido que registrar sus taquillas.
            – Debía de investigarnos, no es lógico disculparse – replicó Satek alzando una ceja. Su amigo azul pareció tranquilizarse ante la disculpa, aun así su mirada no podía ocultar su preocupación.
            – Su superior  me ha dicho que es un amante de la lógica.
            – Más bien la necesito para sobrevivir, general.
            – ¿Para qué sirven? – preguntó señalando los dos objetos cambiando de tema. No había entendido la respuesta, aunque comprendió el comentario de Edgar sobre su capacidad de sacarle de sus casillas. Además aquello no era lo importante en aquel momento.
            – Ese es un tricorder, un escáner compacto. Lo otro es una antena subespacial, para enviar mensajes cortos.
            – ¿Subespacio? He oído teorías sobre eso, pero es muy arcaico.
            – Pero seguro – fue la escueta respuesta de Satek.
            – Somos leales a la Alianza – intervino entonces Ardern –. Solo queremos luchar contra el Imperio y derrotarlo.
            – De eso no tengo ninguna duda hijo – replicó Cracken con calma.
            – ¿Y los guardias armados? – preguntó suspicaz Satek.
            – Tiene razón – replicó el general que se giró e hizo un ademán para que se retiraran. Estos miraron hacia Speria que contrariado confirmó la orden –. Compréndales, están desconcertados.
            – Así es. Pero no han de temer nada – puntualizó Satek –. Y si usted está aquí, general Cracken, la lógica me lleva a deducir que pronto tendremos compañía.
            – Ronin.
            – Yo le advertí de la captura de Kanuu. Lo que sabe no puede caer en manos de nuestro despiadado adversario. Y aunque sé que al comandante Edgar y al mayor Speria les gustaría asaltar el lugar donde estará retenido, no tienen efectivos suficientes. Además, justo antes de su llegada nos han informado que hemos de partir hacia Sullust con todo lo que queda del escuadrón.
            – Así es teniente Satek, la batalla más decisiva está a punto de librarse.
            – Señor, la comunicación que estaba esperando – anunció en ese un técnico procedente del centro de mando.
            – Acompáñenme – dijo Cracken y los tres se salieron de la sala común, seguidos por Speria y Edgar, que no entendían nada de lo que estaba sucediendo.
            ¿Ardern y Satek eran espías o no?
            Se colocaron frente al proyector holográfico y al activarlo apareció una imagen tridimensional de un rostro de un hombre firme y de mirada serena, pensó Cracken. No había imaginado a Ronin de aquella manera.
            – Soy el capitán Jaques de Lattre de Tassigny.
            – Yo soy el general Airen Cracken de la Alianza Rebelde, es un honor poder conocer al fin a Ronin.
            – Se equivoca de hombre, general – respondió cortante –. Será mejor que hablemos en persona.
            – Conoce la localización de nuestro puesto avanzado. Puede tomar tierra en la parte posterior de las instalaciones.
            El rostro de de Lattre desapareció. Cracken estaba desconcertado. El padre del piloto capturado estaba allí, pero no era Ronin y la actitud que tenía era más cercana al enfado, que a la ansiedad por rescatar a su hijo. Además se había identificado como capitán, un rango militar. El rebelde no pudo reprimir una sonrisa, todo aquel asunto se estaba poniendo cada vez más interesante.
            – ¿Ha dado nuestra posición? – ladró Speria sorprendido e irritado.
            – Así es. Mayor, la localización de este lugar está tan segura como antes, ya que se la proporcioné a uno de las fuentes más valiosas que la Alianza ha tenido durante estos últimos años. Usted estuvo en Yavin, sin ese hombre no hubiéramos podido evacuar ni a la mitad de la gente que pudo pasar el bloqueo tras la destrucción de la Estrella de la Muerte. Y así podría decirle un centenar más de situaciones en las que nos proporcionó información vital. Estoy aquí para conocerle al fin o eso creía. Aunque parece que acabamos de conocer al padre de uno de nuestros pilotos. Les puedo dar mi palabra que la lealtad de Satek y Ardern está fuera de toda duda.
            – Detectamos una nave entrando en el perímetro defensivo – informó uno de los técnicos y segundos después apareció la proyección holográfica de un antiguo crucero diplomático corelliano aproximándose a los riscos donde se había construido la base.


            De Lattre apagó la pantalla y dejó que la alférez Meets pilotara el Fugi hacia el puesto avanzado rebelde. Atravesaron la capa de nubes hasta un gran valle que terminaba en un abrupto acantilado, por encima de esta podía verse las defensas y las torres de control que habían construido en aquel remoto lugar. Poco después tomaron tierra junto a una alta torre de observación y la entrada de un bunker en la parte trasera de la base, donde le esperaba Cracken y otros oficiales, además de Satek y Ardern. De la nave corelliana descendió Shimura, Chucket, Bishop y de Lattre.
            – Bienvenidos a Tierfon – les saludó Cracken.
            – Gracias, general. Le presento a mi jefe de seguridad, Ken Shimura. Al que conoce como Ronin. El doctor Bishop y este es Chucket, un buen amigo.
            A lo que el wookiee replicó con un gruñido afirmado aquello.
            – Sean todos bienvenidos. También a Chucket de cuyo pueblo solo tengo palabras de respeto y admiración – contestó Cracken que hizo las presentaciones con la oficialidad de la alianza.
            – Larga y próspera vida Satek – le saludó entonces de Lattre alzando la mano y saludando al estilo tradicional vulcano –. Te traigo recuerdos de tu madre.
            – Larga y próspera vida a usted. Le agradezco su mensaje y cuando vuelva a verla dígale que estoy bien y satisfecho de luchar por nuestros principios.
            – Me alegro de verte Ardern – le dijo al boliano estrechándole la mano con fuerza y afecto. Además de ser un gran amigo de su hijo desde la infancia, les unía los difíciles momentos que habían pasado años atrás. Era el único de los niños de la Spirit que había quedado huérfano en el accidente y siempre había intentado compensar aquel hecho, procurando hacerle de padre o por lo menos ser alguien con el que podía contar siempre que lo necesitara.
            – También me alegro de verle, capitán – replicó el boliano –. Lamento lo de Kanuu.
            – ¿Entramos dentro? – sugirió Speria y poco después se encontraban de nuevo en el centro de control de la base subterránea.
            – Bien, estoy aquí para rescatar a mi hijo – dijo de Lattre sin rodeos –. Lo que desearía es saber dónde pueden retenerle.
            – Yo soy su oficial al mando – replicó Edgar –. Antes de nada me gustaría decirle que es un gran piloto. Una vez me dijo que lo había aprendido todo de usted. Me alegra conocerle al fin, aunque sea en estas circunstancias.
            – Gracias, comandante. Kanuu pudo enviarme hace unos meses una carta donde hablaba muy bien de usted, se alegraba de tener un oficial competente y que cuidaba de su gente. Ahora si me disculpa, me gustaría centrarme en el rescate.
            – Por supuesto – respondió respetuoso. Él también era padre, sus dos hijas estaban con su madre, en uno de los mundos refugio de la Alianza. Y la mayor, toda una señorita, ya le escribía diciéndole que quería ser piloto como él. Mientras que el hombre que tenía delante se había identificado como un oficial y la seguridad que desplegaba su postura y semblante lo demostraban, aun así no podía imaginar por el calvario que debía de estar pasando. Él mismo luchaba para que sus hijas estuvieran a salvo de la tiranía del Imperio.
            – Sabemos que la nave que nos atacó tiene su base en Corvanni IV, situado en el sector Neshig – explicó Speria mientras en el proyector holográfico aparecía las imágenes del sistema y sus diferentes características –. Es una base de importancia media/alta de la Armada Imperial y del OSI en los sectores del Borde Interior y está muy bien fortificada. Además del puerto y las estaciones orbitales armadas, los centros urbanos están protegidos por escudos deflectores y cañones turboláser planetarios. Además Neshig cuenta con varios cuarteles de tropas de asalto y del ejército regular. La protección del sistema está a cargo de varias naves menores, como el destructor Venator que nos interceptó. Pero está cerca de otras bases, los refuerzos no tardarían en llegar si se produjera un ataque.
            » Según los informes que tenemos el centro de inteligencia, donde suponemos que estará su hijo, está en una de las instalaciones a las afueras de la capital. Es una guarnición estándar IM-455: con su perímetro electrificado y la monstruosa estructura blindada en el centro.
            » Descartaría un ataque frontal: necesitaríamos media Flota de la Alianza para hacerlo. ¿Qué sugiere?
            De Lattre no tenía ninguna intención de un enfrentamiento directo, el sigilo era lo único que les protegía y así debía de seguir. También se había dado cuenta que los oficiales rebeldes habían hecho sus deberes y conocían bien el objetivo. Además había hablado el responsable de la base, no el jefe de la inteligencia, así que este se guardaba alguna información para más adelante.
            – ¿Shimura? – preguntó de Lattre tras una pausa con un tono frío.
            – Los bloques de detención están en los niveles del uno al cinco y el personal de inteligencia no suele superar los cincuenta miembros. Pero Corvanni IV es el cuartel general del moff del sector, seguramente en este caso habrá unos cien o ciento cincuenta oficiales y técnicos. Y las tropas estarán entrenadas para evitar asaltos de comando. La valoración del comandante Edgar es correcta: la Alianza necesitaría varios cruceros calamari y la mitad de las tropas especiales del general Madine para asaltar el lugar.
            » Lo más difícil será desactivar el escudo del perímetro exterior. El resto entrar y salir.
            Chucket entonces lanzó un gruñido advirtiendo un detalle en la operación.
            – Sí, tienes razón, tendremos que destruir cualquier registro que hayan dejado.
            – ¿Entrar, salir? Estamos hablando de una auténtica fortaleza – dijo sorprendido Edgar, que hubiera dado lo que fuera para rescatar a sus dos pilotos capturados –. ¿Cómo piensan entrar? ¿No creerán que se quedarán con las manos cruzadas mientras rescatan a los prisioneros? Han de atravesar el perímetro desde la valla exterior, donde hay patrullas de andadores ST, motos deslizadoras y los cazas TIE que constantemente están patrullando el área. Estuve en el asalto a la guarnición de Danier: fue una carnicería y contábamos entonces con un regimiento entero de buenos soldados, artillería de campaña y cazas de apoyo.
            – Esto no es una operación de la Alianza Rebelde – intervino entonces de Lattre categórico –. Nosotros nos ocuparemos de rescatar de todos los que estén en esa prisión infernal. Solo le pedí al general Cracken información sobre el paradero de mi hijo, a cambio de los servicios proporcionados por mi oficial de seguridad durante los últimos años. Del resto no se han de preocupar.
            – ¿Y tienen a una flota con un ejército allí fuera esperándoles? – le increpó Speria, más por el desconcierto y la frustración, que por enfado.
            – Por favor, caballeros, no nos alteremos. No olvidemos que todos tenemos el mismo enemigo – intervino Cracken para calmar la situación que empezaba a tornarse demasiado tensa. Luego se giró hacia de Lattre –. Le hemos facilitado lo que nos pidió, pero también estoy dispuesto a facilitarle cualquier ayuda adicional que necesite. Los datos proceden de nuestra célula en Corvanni, que puede proporcionarle el apoyo logístico que puedan necesitar: hacer un reconocimiento del área, o confirmar algún cambio que se haya producido, ya que la información tiene algunos meses de antigüedad.
            – No será necesario, general. Aunque le agradezco su ofrecimiento – contestó de Lattre cortes, pero tajante.
            – Siempre estuvimos en deuda con usted y con su jefe de seguridad. Además nos encontramos en el punto de inflexión de esta Guerra Civil, y en unos pocos días tal vez la lucha haya cambiado definitivamente de tornas. Entonces podríamos proporcionar toda la ayuda que necesite. Tan solo desearía que esta amistad se prolongue más allá del día de hoy.
            – Eso no creo que sea posible – contestó de Lattre –. Desearía poder decir otra cosa, pero no podrá ser general. Mi subordinado desobedeció una orden directa y rompió el mismo compromiso que yo hice hace tiempo. Le deseo toda la suerte en su lucha contra el Imperio.
            Chucket lanzó un gruñido de protesta. De Lattre se giró lentamente hacia el gigantesco wookiee y esgrimió una sonrisa tranquilizadora.
            – Hice un juramento, tan fuerte como tu deuda de vida. Sé que de todos, tú lo entiendes mejor que nadie. He de cumplir mi obligación y dar mi vida por si fuera necesario.
            Este lanzó un refunfuño de resignación.
            – Señores les agradezco la ayuda facilitada – dijo de Lattre volviéndose hacia los oficiales de la Alianza –. Me pondré en contacto con usted para indicarle donde están los prisioneros que hayamos podido liberar. Esa será la última comunicación de Ronin, general.
            – ¿Y su hijo? – preguntó Edgar.
            – Seguirá su camino, como hizo hace dos años. Es un buen piloto y le conozco bien, espero que la Alianza vuelva a admitirlo entre sus filas.
            – Se lo garantizo – respondió Edgar –. No comprendo muy bien lo que ha sucedido hoy aquí, ni entiendo muchas cosas, pero lamento que no pueda unirse en nuestra lucha. Conociendo a su hijo, sé que usted y su gente serían grandes aliados. Que la Fuerza le acompañe en el rescate de Kenuu. Y espero que pronto vuelva a volar a mi lado.
            – Comandante Edgar, de eso no tenga ninguna duda. Mayor, General.
            Dicho lo cual de Lattre salió de la sala de control, seguido del wookiee, el doctor Bishop y de Shimura, que antes estrechó la mano de Cracken. Cuando los visitantes cogieron los elevadores para subir a la superficie, Airen extendió su palma y contempló el chip de información que Ronin le había entregado. Fascinante, pensó el general.
            Cracken permaneció en la sala de control mientras la nave de Ronin y el resto de su grupo despegada de Tierfon. Y aprovechó para acceder a los datos que contenía el chip que le había entregado, leyendo la transcripción de una orden general de la Armada Imperial, coordinando la retirada de gran número de destructores estelares de todos los sectores. Desgraciadamente no indicaba su destino. Si esa información era importante o no, solo la historia lo diría, ya que en aquel momento la suerte ya estaba hecha en Endor. ¡Que los dados vuelen altos!, pensó el general rebelde.
            Cuando Speria y el resto de los oficiales, que habían acompañado a de Lattre y su gente, regresaron de la superficie, les entregó a Satek y Ardern los dos objetos que habían encontrado entre sus pertenencias, luego les indicó que podían volver a sus respectivos deberes, en voz alta, con claridad para que fuera escuchado por todos los presentes y no hubiera confusiones. Por lo poco que conocía al responsable de aquella base y al jefe del escuadrón Naranja, sabía que estos no iban a tratar a aquellos dos jóvenes de manera diferente a lo que lo había hecho hasta entonces.
            Luego pensó en la reunión que acaba de celebrar con Ronin y su superior. Quedaba claro que formaban parte de un grupo bien definido, con clara jerarquía y estructura. Se habían identificado como capitán, oficial de seguridad y médico de a bordo, por lo que eran la tripulación de una nave. ¿Tal vez formaría parte de una organización mayor? Por lo que había entendido entre líneas tenían un juramento que Shimura había roto al ponerse en contacto con ellos sin que su oficial superior lo supiera. Si eso era así este les impediría interferir de alguna manera con lo que estaba sucediendo en la galaxia. Por otro lado sus hijos no estaban ligados a aquel juramento y su espíritu de justicia y libertad les había empujado a unirse a la Alianza. Y como podía demostrar las acciones de Shimura, parte de los padres empezaban a no ser indiferentes frente a la tiranía de Palpatine y habían empezado a quebrantar sus propias leyes.
            ¿Podrían proceder de un lugar lejano, fuera de los límites explorados de la galaxia? Tal vez de un lugar no muy distinto a la antigua República: diferentes especies trabajando unidas con un gobierno democrático. ¿Si no por qué iban a ser los wookies sus aliados y amigos?
            No podía permitir que la Alianza perdiera a unos aliados tan valiosos. Fueran quienes fueran. Cuando concluyera la decisiva batalla que estaba a punto de librarse en Endor se dirigiría a Naboo. Se pondría en contacto con la célula del planeta e intentaría conocer más cosas sobre aquellos extraordinarios individuos y de esa manera convencer a aquel capitán de que prosiguiera con su lucha junto a la Alianza Rebelde.


El Fugi

            Corvanni IV había sido colonizado hacía siglos por habitantes del núcleo y se había desarrollado entre una mezcla de ciudades modernas, con rascacielos de cristal y acero con zonas rurales de granjas y campos de cultivos. En la capital, Ciudad Gandalom, se concentraban las grandes industrias tecnológicas, como Gandalom Paramedicinales Inc. dedicada al desarrollo e investigación de medicamentos. Como el planeta estaba situado entre el Bordo Interior y las Colonias, el comercio era muy intenso y el planeta era un lugar próspero y bullicioso, aun así cuando el Fugi salió del hiperespacio, lejos de las rutas habituales de comercio e instantes después se activó su sistema de ocultación. Con unos equipos antiguos, de la época de las Guerras Clon, su parrilla de sensores apenas había notado un objeto saliendo al espacio normal, por lo que no habían sido identificados. Se aproximaron al planeta y se colocaban en órbita escaneando la guarnición donde estaría preso el hijo del capitán
            Los resultados los transmitieron directamente al salón principal donde se encontraba de Lattre, Shimura, el equipo de asalto que había seleccionado el jefe de seguridad antes de partir de Naboo, el doctor Bishop y Chuket.
            Sobre la mesa redonda apareció la imagen holográfica de la guarnición imperial estándar. Una estructura hexagonal gris oscura, erizada con torres turboláser y coronadas por los tres toboganes de lanzamiento de cazas TIE.
            – Cracken nos ha facilitado datos muy precisos de las defensas y el despliegue imperial en el sistema. Según la Alianza esta es la instalación donde el OSI lleva a todos los rebeldes capturados en el sector para su procesamiento – puntualizó Shimura con apreciable desprecio en su voz –. El bloque de detención está situado en la parte trasera de la estructura de la base y va desde el nivel uno, al cinco – el holograma mostró los planos de dicha sección –. El nivel tres tiene acceso directo a la plataforma de aterrizaje y al hangar de AT-AT’s, en este mismo piso también se encuentran los despachos de los interrogadores. El generador principal que alimenta las pantallas deflectoras se encuentra en el subsuelo, junto a los sistemas ambientales.
            » El plan es transportar a dos hombres a los sótanos en el momento en que bajen los escudos para sabotear el soporte vital, introduciendo un potente gas somnífero en las áreas del OSI. Al mismo tiempo desactivaremos el generador principal dejándoles sin escudos, permitiendo transportar a todos los presos al Diosa Lunar, que tardará una hora en llegar. Al mismo tiempo materializaremos cargas explosivos en diversas zonas para crear distracciones en todo su perímetro que disperse sus recursos y evite que nos detecten. Una vez logremos sacar a todos los prisioneros, una potente carga de ultritium colocada junto al generador destruiría la guarnición por completo.
            – Hemos de saber si Kennu ha... dicho algo durante los interrogatorios – indicó de Lattre, a lo que Chuket agregó un gruñido –. Muy bien, si así lo deseas, vendrás conmigo.
            – Señor he de protestar – intervino Shimura –. La normativa...
            – ¿Usted me habla de normativas? – le interrumpió de Lattre bruscamente y se giró hacia el resto de sus subordinados –. Teniente Benzarrouk usted se encargará de transportarse a los sótanos con el alférez Nalak. Cuando coloquen los explosivos regresarán al Fugi donde el teniente Shimura coordinará toda la operación. Mientras tanto el teniente Kinapk junto a Chuket y yo lo haremos en el bloque de detención. Si encontramos resistencia volverán a transportarse para apoyarnos.
            Al poco de llegar el Diosa Lunar se desactivó la pantalla deflectora principal de la guarnición para permitir que una pareja de cazas TIE saliera de patrullar, ocasión que utilizaron para transportar a Benzarrouk y a Nalak a los sótanos. Ambos apenas podían en la oscuridad y menos oír debido al ruido que producía toda la maquinaria, aun así no les fue difícil acceder a los controles ambientales e introducir el gas en los conductos. Para que los sistemas de seguridad no saltaran antes accedieron al ordenador a través de un tricorder modificado para simular el lenguaje de los sistemas informáticos e impidieron cualquier bloqueo automático. Todo dependía de no ser detectados.


Próximamente.... la conclusión.


Notas de producción:
(1) Originalmente el sector mencionado era Narter, pero tras ubicar el puesto avanzado de Tierfon durante la confección de su ficha, decidí buscar otro lugar que hubiera sido mencionado en la saga. Se ha cambiado en la primera entrega del USS Spirit la ubicación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario